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EL ÚLTIMO MENSAJE DE LOS DIOSES: LA ERA DEL JAGUAR

EL ÚLTIMO MENSAJE DE LOS DIOSES: LA ERA DEL JAGUAR
POR: KADATH

 

Todo tiene su fin, gloria y honores

ruedan con el mortal hasta el abismo.

Nezahualcóyotl.

 

Este es el testimonio de todo lo que he visto y aprendido del pasar de las épocas, he vivido ya dos siglos viendo pasar soles y lunas, y eso es más que suficiente vida para un servidor de los dioses. Desde mis inicios en las artes ocultas fui elegido por ellos para dar a conocer las revelaciones en su nombre, sus profecías que definirían el destino de las civilizaciones. Pero todos me juzgaron y me señalaban como mentiroso cuando comencé a dar a conocer los envíos divinos. Pero hoy es el día, esta noche se teñirá de rojo porque ha comenzado nuestro fin, el inicio de La Era del Jaguar.

Todo inició una noche mientras dormía bajo la copa de un árbol, escuché unas voces, como susurros muy lejanos que me llamaban y decían:

—“Tzequel... despierta... escúchanos”— eso me despertó de mi sueño y un poco nervioso dije:

— ¿Quiénes son ustedes? ¡salgan de la oscuridad, muestren la cara!— pero no hubo respuesta alguna, lo que me estremeció, así que decidí levantarme e irme de ese lugar. Y justo cuando me dispuse a hacerlo, nuevamente volví a escuchar un susurro que se perdía en el viento:

—Tzequel... escúchanos— y tembloroso contesté:

— ¿Qué quieren?— pero nuevamente no hubo respuesta y asustado decidí correr, pero mi cuerpo no me respondió, pareciera que estuviese cargado con cientos de piedras, quede inmóvil en medio de la nada y en el silencio de la noche ante tal impresión, entonces ese coro de voces volvió, pero su tono era más grave a comparación de los anteriores y dijo:

— ¡Tzequel! ¿por qué rechazas la visita de tus Dioses? no hemos venido a hacerte daño, sino a advertirte de los peligros que acechan a tu gente—. Cuando terminaron de hablar, me pude mover aún con el reflejo de huida, pero tropecé pocos metros más delante y aún temeroso pregunté:

— ¿Cuáles peligros? ¿de qué me hablan? no entiendo el motivo de su presencia— a lo que me respondieron con el tono de voz anterior:

—Deben prevenirse, cuidarse de las falsas presencias, no deben creer en ellas—. Eso me sembró una gran curiosidad, y ya un poco tranquilo volví a preguntar:

— ¿Cuáles presencias?— y recibí como respuesta:

—Desde la antigüedad nosotros, los Dioses, hemos visto por su bien, por su protección desde lo alto de los cielos; pero un peligro se aproxima, tan grande que pondrá en riesgo nuestro futuro y sus vidas, y tú has sido el elegido para dar a conocer la advertencia a toda tu gente, de prevenirlos, tú Tzequel, serás el mensajero, servidor de los Dioses—entonces un círculo brillante comenzó a delinearse a mi alrededor dejándome a mí en el centro precipitado, pero después pude sentir cómo me elevaba, como si fuera una pluma de quetzal; recuerdo que debajo de mí, dentro del círculo, se dibujaba una serpiente, el símbolo de Quetzalcóatl, una luz me envolvió en el aire por poco tiempo, y caí repentinamente al suelo. Ya muy débil volví a escuchar a los Dioses que me decían:

—Te hemos concedido dos cualidades: con una, por diez lunas podrás ver más allá del presente, será la forma en la que podrás conocer las advertencias que te hemos mencionado, deberás escribirlas y recopilarlas hasta la undécima luna, entonces comenzarás a difundirlas, a prevenir a tu pueblo— pero objeté:

—Pero ya soy viejo, mi salud no es bondadosa para conmigo ¿cómo poder completar la tarea que me encomiendan si la muerte me persigue?— a lo que me contestaron:

—El segundo don que te hemos brindado es el tiempo que desees, tú decidirás el momento en el que quieras morir, y no nosotros.

Accedí a todo lo que mis señores me habían obsequiado y acepté esa responsabilidad, fue como comenzó toda mi desdicha, porque esos dones se fueron convirtiendo poco a poco en una maldición. Por ocho crepúsculos seguidos tuve visones espantosas, vi muertos, ciudades destruidas, personas que jamás había visto y cosas tan enigmáticas, tan raras, por lo que comencé a escribir:

Vendrán los tiempos de decadencia para las civilizaciones,

de allá donde se pierde el sol al atardecer.

Aparecerán varios profanos en grandes animales de duras corazas,

con raras alas que los deslizarán por el mar.

Una estrella augurará la llegada de la desgracia,

iluminará el cielo con su luz centellante.

Profetizarán la venida del Dios Supremo.

Todos lo profanos que pisen nuestra tierra,

serán acogidos en lechos de flores,

el Zentzontle cantará para ellos con sus cuatrocientas voces

pero se despedirán con sangre derramada,

de aquellos que les tendieron la mano.

Entonces vendrá el verdadero cataclismo,

el augurio de los dioses se cumplirá.

Eso fue lo único que había obtenido hasta la novena noche, comprendí muy poco de lo que había visto, pero ninguna de las visiones anteriores me hizo medir las verdaderas dimensiones del peligro al que estábamos destinados, hasta que llegó la décima luna, que fue la que me ayudó a comprender realmente el mensaje, fue la clave de todo. Tuve la visión más terrible y fue en la que todas mis dudas se aclararon, así que rápidamente me levanté de mi lecho y escribí el último mensaje enviado por los Dioses. Lo poco que escribí no se le compara a lo que vi esa noche por lo que me hice una promesa: mantendría oculto ese último mensaje a la gente por una razón, ya que supuse que realmente nadie me creería por lo fantástico del mismo y pondría en riesgo mi persona. Fue un gran error.

Al llegar la undécima luna, y como se lo había prometido a los dioses, salí a predicar sus advertencias por todo el territorio y, justo cuando me adentré a un bosque, escuché nuevamente que me llamaba un coro de voces:

—Tzequel...Tzequel, detén tu camino—me detuve en medio del bosque frío y solitario y dije:

— ¿Qué servicios necesitan de mí los dioses ahora?—y respondieron:

—¿Por qué has tomado esa decisión Tzequel?, el mensaje debe ser mostrado completamente, la verdad no se puede ocultar—a lo que contesté:

—Mis señores, saben que yo los respeto y que nunca me atrevería desobedecer sus órdenes, pero esto va más allá, lo hago por vuestro bien y por el mío, si lo presento tal y como me lo habéis dado os aseguro que nadie me creerá, y en vano será todo lo que me habéis brindado, mis señores—entonces manifestaron—¡Ea pues!, que sea como tú lo desees, pero que el arrepentimiento no hiera a tu conciencia, Tzequel— un fuerte viento sopló y las voces no se volvieron a oír.

Por dos siglos prediqué y di a conocer las advertencias, pero nadie me prestó atención. Erré por todo el territorio, desde donde sale el sol hasta donde se oculta, me refugié en las cuevas de los animales, frías y desoladas, pasé hambrunas terribles; me señalaban como blasfemo al difundir los mensajes en nombre de los Dioses, al pasar todo ese tiempo, incluso llegué a dudar de las videncias que había tenido, al igual que lo hacían todos, pero sucedió algo que me hizo ver que el fin estaba muy cerca.

Una tarde logré escuchar una plática sobre algo que varios guerreros habían visto llegar a las costas, decían que eran enormes animales que se deslizaban por el agua, de los cuales habían bajado varios sujetos de piel blanca, muy distintos a nosotros. Interpretaron que eran los mensajeros divinos que venían a anunciar la venida de Quetzalcóatl, el dios supremo, lo que causó una gran algarabía en toda la comarca. Traté de persuadirlos, les dije que eran las falsas señales que había visto en mis sueños, pero nadie hizo caso. Vi que poco a poco se cumplían las profecías de los dioses.

Varios días y noches pasaron, todos con nuevas noticias sobre más mensajeros que venían a nuestras tierras, decían varios pobladores:

—¡Han llegado más mensajeros a las costas, recibámosles con los mejores obsequios, procurémosles hospitalidad en los mejores tálamos, adornémoslos con flores y que el Zentzontle cante para ellos!— No podía soportar ver a toda mi gente recibiendo a esos profanos, como si en verdad fuesen mensajeros divinos, y a mí que realmente lo era, me trataban como un mentiroso, un desquiciado, un blasfemo, por lo que me retiré a las lejanías de la ciudad. Traté de invocar a los Dioses, pero ya no hubo respuesta hasta que una noche mientras dormía debajo de la copa de un árbol, justo como me habían hallado los dioses en el primer encuentro que tuve con ellos, una luz me despertó, creí que eran ellos nuevamente que venían a hablar conmigo, pero no, era la señal que faltaba, la que indicaría el verdadero inicio del fin. Vi pasar la estrella centelleante que iluminaba esa noche fría, entonces sentí agua en mis manos y pude ver que realmente era sangre, había comenzado a sangrar sin razón alguna, no sabía el porque de todo, su significado, así que dije suplicando—

“¡Oh dioses!” ¿por qué le hacen esto a su fiel sirviente? ¿a cuál de ustedes he ofendido? ¿por qué no me escuchan?—los señores de los vientos remolineaban a mi alrededor mientras preguntaba y clamaba:

— ¿Por qué los espíritus me han olvidado? ¡escuchen a su siervo! —. Repentinamente pude ver fuego a lo lejos, todas las advertencias de los dioses eran ciertas, así que decidí acercarme a la ciudad majestuosa, la Gran Tenochtitlan. Y ahora estoy aquí, cuando llegué vi todo destruido, vi fuego y sangre por todas partes, varios guerreros y mujeres habían muerto, algunos cuerpos había caído al agua lo que la convirtió en ríos de sangre y repentinamente comenzó a llover con gran fuerza. Distinguí a esos soldados malditos con resistentes armaduras en las que se reflejaba la luna llena sobre raros animales que jamás había visto, cortaban cabezas y encajaban sus espadas en los cuerpos desprotegidos de todos los de mi raza, ahora comprendo las últimas palabras de los dioses en ese bosque. Todo fue mi culpa, no debí haber escondido ese último mensaje, tal vez hubiese impedido toda esa masacre, realmente no lo sé, pero ahora estoy pagando mi desobediencia a las órdenes de los Dioses, no podré cargar con esta culpa más tiempo, ¡el arrepentimiento habita en mi conciencia!—Tzequel vio a su lado en el suelo una punta de lanza, la tomó y de un pequeño saco de piel que portaba, sustrajo un papel y dijo gritando:

—¡Eh aquí mis señores divinos el último mensaje que ustedes me enviaron y que por mi cobardía no di a conocer, así con toda esta sangre derramada es como inicia la nueva era, La Era del Jaguar—. Se lo colocó en el pecho y de un fuerte y rápido movimiento se clavó la punta de lanza justo en el corazón.

Un poco más tarde unos soldados españoles, mientras caminaban por toda la ciudad desolada, vieron el cuerpo del anciano Tzequel tirado en el suelo, y el papel que estaba clavado en su pecho cubierto de sangre seca y el cual contenía varios símbolos, lo tomaron y lo llevaron con un hombre de facciones frívolas y de carácter autoritario quien pidió que se lo tradujeran y cuando le dieron a conocer el significado de los símbolos, retrocedió y su semblante palideció ante la siguiente revelación, ante el último mensaje de los Dioses:

El falso dios llegará a reinar con el yugo de la muerte,

los ríos se teñirán de rojo,

Tlaloc llorará desde los cielos,

los hijos de Coatlicue caerán como hojas marchitas,

acabará con la ciudad destinada a los dioses,

y así, la era del jaguar iniciará y quedará escrita con sangre...

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7 comentarios

Mario -

muy interesante Gracias.

alfonso -

muy bueno e interesante .

CRISTINA MORAN -

ME GUSTA EL TEXTO PERO QUISIERA SABER SI ESTO TIENE ALGO QUE VER MAS O MENOS CON LA PELICULA DE APOCALIPTO POR QUE TAMBIEN SE TRATA DE LA ERA DEL JAGUAR

Mario D. Grasso -

Muy bueno, muy interesante... estuve buscando durante mucho tiempo un texto parecido...
Mi Nombre es Mario (19), argentino, soy estudiante de cine, y quisiera utilizar este escrito para basarme en él para la realiacion de un cortometraje.
Si te interesa, te dejo mi mail y el de mi grupo:
mdg_644@hotmail.com
lallave_cine@hotmail.com

Kadath -

muchas gracias Horacio por tu expresión (y opinión), aunque corta muy alagadora...

Horacio -

¡Asombroso!

Monsieur Bee -

Es muy agradable leer un nuevo texto del Sr. Kadath, ojalá sean muchos más.
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