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Disertaciones acerca de "La Biblioteca de Babel" de Jorge Luis Borges

Disertaciones acerca de "La Biblioteca de Babel" de Jorge Luis Borges

Por: Noé Ramírez Solorio

El motivo de esta intervención es destacar a la biblioteca como símbolo del conocimiento, de lo inmenso, lo inagotable que es.

De este escritor argentino se han dicho bastantes cosas, en poco más de medio siglo del llamado “Boom Borges”, nos ha recreado al mundo y la condición humana a través de sus letras, con un estilo increíble de ordenar perplejidades al indagar, cuestionar, ironizar, imaginar… y con un despliegue de figuras, recursos estilísticos, capacidad inventiva, inteligencia, erudición, etc. En este tiempo, que comprende desde 1940 hasta nuestros días, críticos y estudiosos han hallado un elemento persistente en su obra y en el que todos sus lectores podemos coincidir: “en Borges todos sus secretos, todas sus intenciones, están en la literatura”, de ahí que el intento más perspicaz de los biógrafos, por ejemplo, para comunicarnos los aspectos más importantes de su vida, tenga que destacar por encima de otros, una vinculación singular con los libros.

Toda la cascada del lenguaje se hace presente al abordar sus textos, nos remiten, a un lugar que, confiesa, nunca abandonó: la biblioteca de su padre en la que desde niño inició su aventura con las lecturas. La idea es contundente: «Borges es ante todo literatura», un libro suyo remite a otro y ese libro comunica con otro… en una cadena interminable, a perderse en los estantes de una biblioteca (un autor siempre lleva a otro autor) y al decir esto (que Borges es literatura) estamos conscientes del riesgo de que se nos amoneste por desatender al hombre de carne y hueso, que siente, que sueña, al sólo querer apreciar una fría inteligencia. Nada más equivoco porque a través de este medio, las letras, Borges se confiesa; en los símbolos están su sensibilidad, su imaginación, sus temores, sus esperanzas, en suma, los ingredientes esenciales para crear sus ficciones. Borges maravilla y asombra con la estética de su narrativa, en el ensayo, el cuento, la poesía. Es una apuesta por la creación, libertad que dota de significados en una concepción personal del mundo que resalta que la imaginación crea “su propia magia de eternidad”.

Así desfilan los tópicos de sus cuentos desde escenarios regionales, argentinos, hasta territorios metafísicos, en ocasiones confundiéndose (no hay manera de averiguar dónde terminan unos y dónde comienzan otros). Los protagonistas, a veces “reales”, se mezclan con la fantasía. En atmósferas inusitadas se deslizan las inquietudes principales de su autor, esto es: el destino, la muerte, la posibilidad de que nuestra existencia sea un mero simulacro, la falta de respuestas que expliquen el mundo, el tiempo, la exaltación al coraje y la valentía y, por supuesto, el amor a los libros.

En su obra son varios los pasajes que aluden a esta conexión con los libros, haciendo referencia a bibliotecarios, a textos; plagada de citas, comentarios, críticas y discusiones de otros libros, etc.; tal pareciera que el mundo que nos explica Borges es el mundo que reproduce directamente de sus lecturas, no una realidad vital que sentimos enérgica y muchas veces implacable sobre nosotros, dicho de otro modo, al pasar todo por el cedazo de la literatura queda la incómoda-extraña sensación de ser falso, vivir en lo postergado, de ser una actividad que versa de una cosa que a su vez versa de otra... y así, infinitamente, pero nunca arribando a la realidad al contacto con las cosas. Es el principal reproche de sus críticos. Sin embargo es cuando entra el artificio, es decir, el quehacer del escritor, haciendo incluso “más reales” los acontecimientos que narra, ello, con la complicidad de los lectores. No encuentra forma más eficaz de examinar la condición humana como lo hace todo arte o todo trabajo que se precie como tal, el que explora la conciencia, comprende, propone una teoría estética, comunica, asombra, emociona y conmueve.

La relación Borges y biblioteca traerá como consecuencia uno de los cuentos más emblemáticos en la narrativa del escritor argentino, “La Biblioteca de Babel”, en el que sobresalen los símbolos “borgeanos” más conocidos: los espejos enfrentados, el laberinto, los sueños, los orbes afantasmados…

Este cuento, con pocos paréntesis narrativos, expone la postura del escritor, define su credo filosófico, deslizando interrogantes que desde siempre han preocupado y trabajado la imaginación de los hombres, entre otras: ¿qué somos? ¿Qué significado tiene el mundo?, ¿la existencia?, ¿Qué podemos conocer?, ¿y qué pasará cuando termine nuestra vida?, etc.

«La biblioteca en el cuento es el Universo», sin duda es una metáfora bellísima para quien consagró su vida a las letras e incluso fuera director de la Biblioteca Nacional Argentina en 1955, irónicamente el año en que pierde la vista.

La biblioteca, como el universo, es enorme, no basta una vida para recorrer sus galerías, sus estantes, y devorar todos los libros que contiene, resumiendo, jamás se podrá a acceder al conocimiento total, absoluto. Pero el tener conciencia de ello, sin embargo, no debe disuadirnos a buscarlo. Borges en el cuento la ha llamado interminable, infinita, dotada con libros caóticos e impenetrables, maravillosos, con lenguas secretas… en algunas regiones la biblioteca alude a lenguajes remotos, ya desaparecidos y restos incomprensibles; abundan temas que no son de nuestro interés, y, al contrario, secciones que sólo nos conciernen.

Esa nota de desencanto por no acceder a los misterios básicos del Universo más adelante se torna decididamente pesimista; quiere señalar en el fondo la fragilidad humana, lo efímero de su existencia, su precariedad y por otra parte la pobreza de escenario que para Borges es todo el misterio del mundo, que no acabaremos de descifrar y que si no da respuestas tampoco hay motivos suficientes para exaltarlo con falsas atribuciones; éste desemboca, para él, en absurdos y sinsentidos.

Planteado así, en adelante todo se cifra en una búsqueda interminable, pues una vez que Borges se percata de esta situación no renuncia, no vuelve su literatura asfixiante, fatalista, no la convierte en un lugar inhabitable.

En general una vez que constatamos en el resto de su obra una actitud más o menos consistente en la postura del escritor argentino —para muchos agnóstica— distinguimos que sobresale un desafío, o una voluntad que aspira a creer: en la obra los protagonistas se proponen buscar un libro que explique a la biblioteca (entiéndase el Universo), el libro que contenga a todos los demás, que sea un compendio, la suma, explicación de la Biblioteca y, como ésta, sabemos, es infinita, en ella existen todos los libros, todos los temas, en todos los idiomas, por lo tanto es posible que en ella se encuentre ese libro que Borges llama en el cuento “el libro total”, libro que según el planteamiento tendrá la aclaración de los enigmas de la humanidad. Sin embargo ello nunca sucede; al parejo de la posibilidad de que exista el libro está la remotísima posibilidad de que alguien se lo encuentre; el cuento trata de todos los recursos que se emplean para hallar ese libro, los métodos, los esfuerzos, las vidas que se agotan, la desesperación de sus buscadores en las galerías, examinando libros, la desilusión que le acompaña luego de jornadas fallidas, vemos como la nota de desencanto persiste en frases como: “(los buscadores) llegan siempre rendidos”, “otros enloquecieron”, “toman un libro, lo hojean […] Visiblemente nadie espera descubrir nada”; algunos bibliotecarios, y el narrador-Borges se pone de ejemplo, han perdido la vista buscando…

La Biblioteca contiene todos los libros pero no se puede acceder a los que explican los misterios básicos; éstos están vedados al hombre. Al obstáculo de conocer desde nuestras limitaciones y vanos intentos se le agrega la inconmensurabilidad, lo vasto, disponiendo sólo de parcelas, reductos muy pequeños conocimiento. Entonces vienen los reproches de los hombres: se habla de sectas que construyen azarosamente los libros canónicos; están los que eliminaban obras inútiles, los que mueren despeñados… y se formula un desafío a un posible creador del Universo:

“Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno. Que yo sea ultrajado y aniquilado, pero que un instante, en un ser, Tu enorme biblioteca se justifique.”

Notamos en el texto que “Tu” es con mayúscula, asistiéndonos en esta interpretación, dando cuenta de un dios que aparentemente deja su creación sin un propósito claro.

Según se narra en el capítulo 11 del Génesis La Torre de Babel es una construcción con la cual los hombres pretendían alcanzar el Cielo. Yahveh, para evitar el éxito de la empresa (que se oponía a su propósito de que la humanidad se extendiera por toda la superficie de la Tierra, se multiplicara en ella y la sojuzgara), hizo que los constructores comenzaran a hablar diferentes lenguas, luego de lo cual reinó la confusión y se dispersaron. Hay quienes sostienen que estropear esta empresa tenía la intención de acabar con todo intento de supremacía mortal, manteniendo al hombre al margen de una participación divina, como si de un dios replegado y egocéntrico se tratara, idea que antes se confirma en el hecho de prohibir del árbol del conocimiento:

«De todo árbol del huerto podrás comer; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comas, ciertamente morirás». (Génesis 2:17)

Al imponer Dios esta regla, se indicaría que Dios habría reconocido al ser humano como un ser responsable de sus actos; pero recordándole la soberanía de Dios sobre el ser humano y la obligación de estos de guardar sus propios límites y reconocer su condición humana. La confusión es deliberada entonces, tiene el propósito de obstaculizar el conocimiento, todo intento de encontrar respuestas fracasa.

La anterior comparación sobresale en la lectura del cuento, entre el mito bíblico de la Torre de Babel y el de una biblioteca caótica, que Borges ha querido que sea el equivalente exacto del paraíso, irónicamente, claro.

Debemos enfatizar que si bien Borges tiene una conclusión escéptica con matices de desencanto, eso no significa que no crea en algo —o no le apueste a algo—, anulando toda la tradición científica y sus logros alcanzados o permaneciendo en la inmovilidad siendo presa de un pesimismo estéril; tampoco es su intención persuadir a los lectores para no intentar conocer. En reiteradas ocasiones ha privilegiado a la lectura como una actividad hedónica, esto es, el verdadero disfrute de un libro, no forzando a leer a alguien o leer por obligación, también ve en ello un ejercicio en el que se desarrollan perplejidades, asombros, sorpresas que son el principio de toda indagación, de toda pregunta, cuestionando las cosas y eventos que nos rodean y por consiguiente obtener conocimientos; como una anécdota interesante, encontramos en la biografía de Borges que alguna vez comentó a sus alumnos si determinado libro no era de su entera satisfacción lo dejaran, que pasaran a otro, que quizá no era el momento de abordarlo pero que de cualquier manera sus páginas estarían esperándolo.

A través de la escritura Borges ha procurado dotar de sentido al mundo, a la manera como él lo concibe, caótico e incomprensible, sí, pero al mismo tiempo reconociendo que éste ha dejado tenues intersticios de coherencias, patrones, recurrencias, simetrías y la esperanza de que todo esto revele un sentido (la identificación de ciclos, por ejemplo, comportamientos regulares como las estaciones del año, el día, la noche, la vida, la muerte…), ha señalado que otros se aplicaron en idénticas tareas desatando también una búsqueda interminable, pero sobre todo teniendo en cuenta a la imaginación, con ella es posible prolongar esta actividad creando una especie de “fe literaria” que no se rinde ante los embates de lo absurdo.

No se puede entender de otro modo, de un escepticismo devastador que hallamos en “La Biblioteca de Babel” que expone las dificultades de un hombre extraviado en el cosmos, solitario, atrapado en una monotonía circular, desamparado, increpa con hábiles acusaciones al reparar que la biblioteca (el Universo) es inútil y laberíntica, pasarán los hombres y ella quedará sola, dotada con volúmenes preciosos, secreta, sin descifrar; de aquí el escritor argentino se da a la tarea de crear una magia de eternidad configurando lo que llama “una elegante esperanza”; esto sucede, en un primer momento, apoyándose en la literatura, pues mucho antes de reflexionar sobre el tema nosotros, los lectores, ya damos por descontado que le apuesta a ella por el sólo hecho de su utilización, paradójicamente se convierte en el vehículo más eficaz que dispone para comunicarnos los absurdos e inconsistencias del lenguaje, los sistemas de pensamiento y los eventos del universo. En un segundo momento, echando mano de la lógica de las simetrías mencionadas anteriormente (con pros y contras, equivalencias, regularidades, etc). Así, al caos le corresponde un orden como a lo par lo impar, a la infinitud la finitud, al sinsentido un sentido…, por extensión, aplicando esta lógica tarde o temprano, un lector de la interminable biblioteca, encontrará el libro que la explique, en un plazo eterno finalmente dará con él. El caos, repetido, será un orden, regresarán las cosas al mismo lugar.

Recordemos aquella cita donde Borges se contenta con esto, luego de desafiar a un dios, dice: si para él no es la dicha de desentrañar los misterios básicos del mundo sería maravilloso que a alguien se le revelaran. Tal hallazgo implicaría que sí tiene sentido toda la odisea del hombre, su existencia, su esfuerzo, su ciencia. Todo.

Con estos elementos Borges desarrolla sus ficciones, a la par de una teoría estética que se funda en el asombro, en la revelación instantánea, de entrevisiones, desliza sus principales inquietudes metafísicas. La lectura del cuento por lo pronto no es asfixiante y remite de inmediato al motivo de esta plática, la asociación del conocimiento con la lectura y las bibliotecas. Borges procura deleite al lector, medita en temas trascendentales, temas que siempre han causado admiración en la imaginación humana.

Resumiendo, para Borges la lectura es un acto de felicidad, aunque no por eso deja de implicar un esfuerzo; el lector de Borges, en suma, es alguien que asume el desafío, ya sea recorriendo los anaqueles con los instrumentos de la crítica especializada, o simplemente con la duda y la imaginación. Leerlo para generar nuevos eslabones de preguntas y respuestas. Porque su visión de la literatura es un tejido, una construcción que no termina. Un goce permanente.

Ponencia presentada el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor en la Escuela de Nivel Medio Superior de Irapuato, de la Universidad de Guanajuato. Miércoles 23 de abril de 2008.

 

Fotografía en sepia:

Daminco, Alicia. “Jorge Luis Borges en 1963” en Grandes Maestros de la Fotografía Argentina. Bagó, 1963.

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2 comentarios

Daniel -

Esta es una biblioteca que parte del pensamiento de borges consultemos en www.ellibrototal.com

scarlett -

y ppensar que vaya que lo critican muchos autores tambien ..
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