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Bernardo Miranda

Bernardo Miranda

 

POR: Abraham Suárez.

Cierta mañana calurosa de agosto, Bernardo Miranda se levantó más temprano que de costumbre, se puso un pantalón azul y una camisa blanca; todavía se abotonaba la camisa cuando bajó rápidamente las escaleras, llegó a la cocina donde se escuchaban los chillidos del aceite hirviendo y ya se respiraban los vapores matutinos de los chilaquiles recién hechos; tomó el café preparado por doña Soledad y desayunó rápidamente. Le pareció extraña esa actitud a Soledad pero no tomó mucha importancia mientras continuaba con las tareas del hogar, así era ella, pues pensaba que eran asuntos de jóvenes, además que desde hace algunos años parecía no preguntarle nada aunque no dejaba de darle recomendaciones, consejos y rezar siempre por él, pues lo quería como a un hijo.

Bernardo caminó aprisa, pero con cuidado de no despeinarse ni sudar por la carrera; su destino sería el ver a Catalina Alfajores una joven de buen parecer que conservaba la bella inocencia en su mirada. Él siempre vio a Catalina jugando entre papalotes, le parecía una joven agradable como todo el pueblo lo diría, algo reservada y tranquila pero siempre demostrando su educación y sus buenos modales, cada domingo se le veía en misa de nueve, sólo ella sabía cuánto disfrutaba el caminar por el atrio, el pasear por las florerías del mercado, amaba el oler estos perfumes; era conocida por el oficio familiar de la panadería ya que los Alfajores tenían fama de hacer el mejor pan de la región, además de ser muy saludadores; había quien caminaba largas distancias para comprar el pan con ellos, y era una delicia pasar por su acera devorando con el olfato unas ricas mantecadas.

Bernardo dedicaba sus pensamientos más recientes a pensar en Catalina, la imaginaba, la soñaba, la anhelaba, todo esto a partir de aquella mañana en que chocó con ella en el mercado. Esa mañana él caminaba algo despistado por uno de los pasillos, vigilaba concentrado no olvidar nada de la lista encargada por don Gregorio, y mientras caminaba se encontró con un tumulto de gente entre los que descuidadamente tumbó una canasta de naranjas que con cuidado mantenía Catalina; las naranjas rodaron por el suelo, hubo quien resbalo con ellas aplastando un costal de cebollas. Ella con esto parecía no tener expresión, y él al ver dicha hazaña avergonzadamente tartamudeó ofreciendo una disculpa, también propuso comprar más, pues las anteriores que no fueron pisoteadas habían sido recogidas  por niños pequeños, Catalina aceptó con una linda sonrisa, la  que provocaba en él hormigas en la garganta, su sangre cambió de ritmo en ese momento, como si sus ojos se hubieran dado cuenta de algo maravilloso, y se congelara en su mirada que más que nunca la encontraba atractiva. Esa noche no durmió, no era el calor lo que le quitaba el sueño, sin duda para él se avivaban los recuerdos, la recordaba y pensaba en su sonrisa, en  sus labios, en sus ojos que hipnotizaban segundo a segundo su alma perdida y temblorosa; su cara tonta acompañada por una  mirada perdida provocaban en sí una sonrisa despistada, su voz sólo pronuncio monosílabos, lo que reflejaba el sentimiento que le hacia recordarla.

Bernardo, hijo de Mercedes Molina parecía ser un chico listo aunque cargaba con un rostro confuso, era agradable y cordial en ciertas ocasiones, no era de mal aspecto ni era mal educado, hablaba con propiedad, comía con cubiertos; aunque no tenía muchos amigos cada que podía salía con ellos a  platicar cosas sin importancia. Bernardo a la edad de seis años sufrió la pérdida de su madre, recordaba profundamente su funeral y el olor a vacío que sintió esa noche, tuvo frío, tembló y lloró lentamente mientras caminaba entre los que lo observaban, mudos y tiesos sin ninguna gracia ni afecto, parecía no avanzar la noche, como una tormenta gruesa por una calle larga en la que caminaba despacio y con el semblante destrozado. Soledad tomó su mano, la apretó con fuerza y él recibió una  muestra de dulzura sincera, él no se alejó de ella  abrazándola estrechamente mientras le brotaban lágrimas que deslizaban por sus mejillas en un acto mudo. Soledad Gayo era la sirvienta de la casa; a partir de ese momento se encargó del pequeño Bernardo, le inculcó buenos hábitos y se preocupó por su buena educación, el niño la quería cada vez más, así como se alejaba de la pena con el delicioso sazón de Soledad.

Pasaron los días, y estos se hicieron meses, los meses cada vez más lentos, las tallas cambiaban mientras la cara de Bernardo se hacía más larga, sin darse cuenta Soledad un día despertó viéndolo diferente, lo miró detenidamente, ahora estaba alto y más fuerte, le revisó cada detalle, y viajó entre sus recuerdos al observar las cicatrices que tanto conocía, pareció sonreír, le vio un brillo en la mirada que delataba sus ganas de vivir, se sintió satisfecha como cuando probaba el arroz y estaba bueno.

Fue por ese tiempo que Bernardo trabajo de asistente con don Gregorio Fonseca, encargado de la botica a la que asistía todo el pueblo para comprar remedios medicinales; don Gregorio era un hombre sencillo con cara de ardilla, usaba lentes de botellón y hacia sonidos nasales casi todo el tiempo, dedicaba largas horas a escribir con una pluma mordida en una libreta amarillenta anotaciones que sólo él entendía. Bernardo empezaba a aprender y a apreciar un poco más el oficio, le agradaban los olores emitidos por sustancias que poco a poco descubría a accidentes y a coscorrones del viejo Gregorio; le cautivaban las propiedades del eucalipto así como los sabores de la menta, era atraído también por el oloroso café que se hacia en “El sabor de la flor” un pequeño establecimiento de enfrente que se distinguía por una buena sazón, donde se podía comer de casi todo, siendo atendido con un servicio amable y veloz mientras se escuchaban los crujidos de fritangas que continuamente se incorporaban al aceite, se oían las órdenes de doña Carmela, los ruidos de los platos y cubiertos que chocaban entre sí. Bernardo bañado de ruidos, olores y polvos en las manos atendía los encargos de don Gregorio, cumplía sus instrucciones esperando algún día en que pudiese atender la botica; así pasaba el tiempo, cavilando, soñando despierto, como si navegara en mares mentales, a menudo se le veía pensativo y distraído, algunos pensarían que en algo de mucha importancia cuando realmente eran cosas insignificantes, eso  al menos creía don Gregorio quien gruñendo amenazaba con una mano en alto al pobre de Bernardo. La botica figuraba estar casi siempre sola en un contraste de sombras, con su mostrador angosto, una cortina percudida y rasgada, cautivaba la atención sorprendiendo a los incrédulos aquella cantidad de sustancias acomodadas en los anaqueles y en el centro del techo un ventilador mugroso con aspas rechinantes que no dejaba ni un segundo en paz los tímpanos de quien estuviera cerca.

Bernardo caminó por la avenida central sin más destino que el llegar a casa de los Alfajores, como ya era costumbre en los últimos días, él aventaba una pequeña piedrita a la habitación de Catalina, ella se asomaba cordialmente  saludando, luego, él dejaba en un escalón una flor diferente a la del día anterior y cumpliendo esto continuaba su trayecto a la botica sin despegar los ojos a aquella ventana. Cada día pasaba haciendo lo mismo provocando en ella  emociones que hacían temblar su corazón, sus manos sudaban y hacían que escribiera versos esperando la próxima flor; el día que dejó margaritas se durmió entre su aroma, cuando le llevó acacias quedó cautivada entre caricias que se imaginaba entre la boca, cuando llevó lilis no se cansó de apreciarlas, comió fresas y manzanas como si éstas le aliviaran la pasión que sentía al oler aquellos perfumes. Lo mismo hizo con los tulipanes y las rosas continuando así con las gerberas. Pasaba el tiempo y él ahora escribía mensajes entre los pétalos, dejaba notas esperando una pronta respuesta. Bernardo esperaba cada domingo con ansias pues la veía en la parroquia, y Catalina de vez en cuando volteaba distraída sonriendo cuidadosamente, simulando ventilarse con su abanico; la buscaba más seguido en el mercado e iba a la panadería dos veces al día sin comprar nada así como ella buscaba cualquier pretexto para ir a la botica; donde el amable le regalaba esencias con cuidado de no ser descubierto por don Gregorio.

Ella enamorada dedicaba el tiempo a pensar en él, no había hora en que no estuviera en su pensamiento provocando en ella una serie de largos suspiros a los que dedicaba gran parte del día, se distraía poco y volvía a pensar en él, suspiraba cada vez más, tanto que llegó a parecer un exceso, suspiraba demasiado lo que causó que su delicada voz temblara, así siguiendo con este ritmo, un día ventoso debido a su nueva costumbre dejó de respirar, sus ojos atónitos y estupefactos mantenían la desesperación, sus labios ahora resecos y sus ropas bañadas en sudor revelaban que se encontraba muerta. Ella tenía entre sus brazos cada una de las flores que Bernardo le había llevado, se leían algunas frases de enamorados en los pétalos mientras su hamaca se movía por causa del aire. Sonaron las campanas de la parroquia y la gente del pueblo caminaba entre las calles con un rostro flaco hacia el sepelio, la noticia corrió como pan caliente, de ese que en la semana los Alfajores no prepararon por el luto; se supo la muerte pero jamás se divulgó la causa ya que era penosa y desconcertante. Bernardo lloró en el funeral y estuvo pendiente del entierro. Fue tanta su tristeza que no habló con nadie, destrozado caminó por la calzada sin pararse mientras unas  gotas enjuagaban su cara desvelada y sin consuelo, quien lo vio diría que llevaba un ramo de flores que sin querer destrozaba en la pared, sus lágrimas constantes bañaban su cara desgraciada, formando con su aliento seco y su sudor maloliente una esencia nostálgica, su rostro pálido lleno de mugre fue visto por la banqueta, se desmoronaba en cada paso que daba. Era sólo un bulto que caminaba. Comenzó a comer flores, pasó por los jardines y los maceteros; comió rosas, margaritas y jazmines, devoró agresivamente los girasoles y sintió que el polen le quemaba la garganta, siguió llorando y comiendo flores bañado del perfume de las azucenas y bugambilias, no paraba de gemir al masticar las últimas begonias y todavía con restos de los anteriores crisantemos acabó desquiciado con los alcatraces de doña Fernanda. Aún tenía pétalos en las manos cuando cayó entre piedras y lodo, seguía llorando, le ardían los ojos por tanta lágrima, sintió que tenía fuego en la garganta, que le quemaba el estómago, quiso seguir comiendo aquellas que ya nunca podría entregar a Catalina y pensando en su dolor siguió masticando, como si así evitara saber de su muerte, se envenenaba entre lágrimas y flores, empezó a escupir sangre ahogándose entre su propio vómito, muriendo desangrado rodeado de un perfume pestilente que acompañaba su cara triste.

Sin querer empezó a avanzar, trató de detenerse y fue inútil, no supo que lo movía ni tampoco hacia dónde, tuvo frío, pensó en gritar pero no pudo, sus labios muertos hacían que su voz se perdiera alrededor de sus oídos sordos;  se encontraba en un lugar extraño donde sentía miedo al no reconocer ni escuchar nada, parecía un sueño todo se veía solo, el cielo naranja insinuaba que iba a anochecer mientras el suelo en tonalidades grises y azules invitaba a caminar entre él. Creyó estar perdido. Supo que era un bosque cuando al caminar por una vereda se dio cuenta que pasaba entre arbustos y árboles secos, su alma sin rumbo, no recordaba nada, pero conforme avanzaba ilusionado por las figuras y las sombras se quedaban atrás los olores a flores. Bernardo escuchó un zumbido, fue lo único que percibió hasta entonces y admirado sonrió queriendo saludarle; no vio nada, pero de haberlo echo, con gusto le hubiera hablado. Siguió sin notar alguna diferencia en el trayecto poblado sólo por ramas secas y piedras grises, que parecían haber olvidado la última tormenta. Caminó y así lo hizo por mucho tiempo, para él parecía no existir el cansancio ni el tiempo, oyó un ruido que pareció un relámpago, empezaba a llover haciendo en aquella tierra un lodo morado y caminó más aprisa con cuidado de no mojarse, aunque quedó empapado no sintió lo fresco ni se dio cuenta del aire que arrancaba las últimas hojas que quedaban en los árboles, vio relámpagos y fue en dirección contraria  por una angosta vereda de piedras chuecas que parecían querer que tropezara. Sus ropas eran elegantes y obscuras, y aunque a él le gustaba vestir bien, no entendía por qué esta vez traía puesto eso, se sentía desorientado y trató de recordar, se sentó sobre unas raíces cubiertas de hojas secas, de las que tomó un puño y se las acercó a la nariz; emitían una frescura que incitaba a seguir su aroma, la tomó cuidadosamente sabiendo que era eucalipto, acordándose entonces de aquella botica y sus sustancias acomodadas detrás del mostrador, vio cómo la botica aparecía frente sus ojos, con la calle y sus habitantes, se dirigió hacia allá donde no se encontraba nadie más que don Gregorio que estaba leyendo el periódico y fumando un cigarrillo, al querer Bernardo hablarle, no pudo ni tampoco logró que lo viera, fue atraída su vista a aquellas páginas donde podía leerse en un encabezado la frase “joven muere entre rosas” y al fijar la vista detenidamente se dio cuenta que decía su nombre. Se acordó de su muerte recordando también lo sucedido con Catalina, sintió como sus pelos se ponían de punta  y fue cuando recordó aquello que a cada rato pronunciaba  de forma soberbia Soledad Gayo y la que nunca había logrado descifrar “el mundo de los vivos es solo ellos”, supo que no era correcto seguir en este mundo, pues  él sabía que cuando los muertos se quedaban, es porque algo debían. Caminando por la calle se dio cuenta del destrozo en los jardines y algunas macetas, mientras paseaba no pudo ver flor alguna como si un huracán o un demonio hubiera arrasado con toda flor, pensaba en Catalina y su mala fortuna pero lo aliviaba el recordar su linda sonrisa; caminó como ya era costumbre en los últimos días, esperando esta vez encontrar un rastro de que sirviera para llegar con ella, tomar sus manos y acariciar su vientre. Encontró una margarita valiente que solitaria aun se veía bella. Bernardo trató de escuchar pero sólo oyó el chiflido del viento que sacudía a los árboles en dirección al sur y de donde se veía la silueta de Catalina. El corrió hacia ella, pasó por la panadería y luego por unos callejones, siguió por el mercado, lo esperaba en el lugar justo donde chocaron por primera vez. Ella hizo la misma sonrisa de aquel día, la misma que a él provocaba hormigas en la garganta; él la abrazó fuertemente entre sus brazos suspirando junto a su cuello y entregándole la última margarita. Así los dos se amaron por la eternidad, puesto que no existía ninguna fuerza ahora que los separara; su amor era perpetuo y puro de cuya pasión había traspasado las barreras de los vivos para colarse en la eternidad de los muertos.

 

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5 comentarios

elgringo -

me encanta la tapa del libro y me interesaria saber quien la pinto o de donde pertenece, abrazo

phiblógsopho -

Estamos convocando al siguiente meme:

El Proceso de Bolonia y la Filosofìa

Rocío Arenas -

Gracias a ti Abraham por permitirme publicar tu cuento en el blog, además me gustó mucho y pienso que para que viva hay que compartirlo para que se lea. Un abrazote!!

abraham suarez -

maestra Arenas
gracias por publicar mi cuento en su blog..
el que lo tomara en cuenta es una gran motivacion para mi
le agradesco mucho
..

su alumno abraham..

max -

saludos, bueno llegue a este blog por recomendacion de mao de Laberinto-Moebius, yo tengo un blog y soy licenciado en derecho asi que te imaginaras de que es mi blog, pero interesante tu blog tal y como me lo dijo mao y me resulta enriquecedor ya que todos aprendemos de todos, sigue asi con tu blog; me gusto. Este es mi blog:
http://dudas-legales.blogspot.com/
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