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EL GOLEM

EL GOLEM

“La vida toda no es nada más que preguntas convertidas en formas, que llevan en sí el germen de las respuestas… y de respuestas preñadas de preguntas. Aquel que vea otra cosa es un loco”.

GUSTAV MEYRINK. El Golem.

El deseo del hombre por imitar a Dios ha dado origen a la leyenda del Golem en sus múltiples versiones; la palabra Golem es utilizada en la Biblia (Salmos, 139:16), pero es en la literatura talmúdica donde se ha desarrollado, siendo en la tradición judeocabalística en la que se le han ido añadiendo atributos a esta figura elemental. Un Golem se refiere a la creación mágica de una especie de hombre, a imitación del acto divino de la creación de Adán por Dios; esta figura simbólica responde a la materia animada de modo artificial, informe, o Adán antes de que le fuera insuflada el alma. Según la tradición cabalística, grandes maestros de la doctrina secreta dominaban el arte de infundir, mediante el uso correcto de la palabra creadora, una especie de vida falta de entendimiento en un ser humano formado de barro. Los relatos más conocidos se refieren al Rabino Eleazar de Worms, pero sobre todo a la leyenda del Rabino Jehuda Löw ben Bazalel , quien fue contemporáneo del emperador Rodolfo II, y que creó un Golem para defender el ghetto de Praga de las represiones antisemitas, así como para atender el mantenimiento de la sinagoga.

Erich Fromm, en su libro Y seréis como dioses, analiza las líneas principales del pensamiento bíblico y rabínico, en las que el hombre puede hacerse como Dios, pero no puede hacerse Dios. Observa que hay afirmaciones rabínicas que implican que la diferencia entre Dios y el hombre pueden eliminarse. Una afirmación que expresa la idea de que el hombre puede llegar a ser el creador de la vida, como lo es Dios, se encuentra en el pasaje siguiente, que cito nuevamente en la cuarta de las versiones que enumero de Scholem: “Rabá dijo: Si los justos lo quisieran, podrían (llevando una vida de absoluta pureza) ser creadores, porque está escrito: pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios” (Is. 59:2). (Rabá interpreta mavedilin con el sentido de “hacer distinción”. Si no fuera por sus iniquidades, su poder sería igual al de Dios y podrían crear el mundo.) Rabá creó un hombre y se lo envió al Rabí Zera. El Rabí Zera le habló, pero no recibió respuesta. Por lo tanto le dijo: “Tú eres una criatura de los magos. Vuelve al polvo” (Sanedrín 65b). La idea de que el hombre ha sido creado a imagen de Dios lleva no solamente al concepto de la igualdad del hombre con Dios, o aun a la libertad respecto de Dios, sino que también lleva a la convicción humanística central de que todo hombre lleva en sí mismo a toda la humanidad.

Cuando en el Génesis Dios crea al hombre a su imagen y semejanza, queda implícita la idea de que éste puede ser como Dios, pero el hecho de que el hombre pueda convertirse en Dios y que Dios le impida alcanzar este objetivo, como se advierte en la prohibición a Adán y Eva del fruto del árbol del conocimiento y la consecuente expulsión del Paraíso, la separación de los hombres por la faz de la tierra y la confusión de sus lenguas cuando los hombres construyeron la torre de Babel, y otras acciones que provocaron la ira de Dios y la destrucción masiva con el fuego y el Diluvio Universal. Fromm interpreta que el hecho de que los diversos editores no hayan eliminado del texto dicha contradicción, es porque debieron tener sus razones para hacerlo. Quizás una razón es que querían insistir en que el hombre no es Dios, ni puede volverse Dios; puede hacerse como Dios, puede imitar a Dios, por así decirlo. En verdad, esta idea de la imitatio Dei, de aproximarse a Dios, requiere la premisa de que el hombre ha sido hecho su imagen. Sin embargo, hay que considerar que el Sanedrín afirma que en la versión más antigua de la creación del hombre, falta la idea de que el hombre fue creado a imagen de Dios. Dice así: “Entonces el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra; y el hombre se convirtió en un ser viviente” (Gén, 2:7). También en otros lugares del Talmud se habla del hombre como incapaz de ser Dios, pero capaz de ser igual a Dios, compartiendo con él la soberanía del mundo.

La novela de Gustav Meyrink, El Golem, de 1915, se basa en los relatos sobre el Rabino Jehuda Löw ben Bazalel, y ésta inspiró a otros autores como H. Leivick, y a escritores alemanes del siglo XIX: Archim von Arnim, E.T.A. Hoffmann, Friedrich Hebbel, y más tarde por algunos franceses, como Villiers de lIsle Adam, aunque si bien el tema ya aparece muy modificado. Asimismo, se realizó la película de Paul Wegener Der Golem (1920) . En las diversas versiones de la leyenda, los místicos ambiciosos acaban por ser castigados por su atrevimiento, muy similares al Frankenstein de Mary Shelley y al homúnculo alquímico .

 


 El hecho de que estos seres acaben por atacar a sus creadores, se puede interpretar como una suerte de advertencia ante el uso irreflexivo de fuerzas mágicas que acaban por rebasar las intenciones del creador y se vuelven incontrolables. También cabe inferir que en determinados ejercicios místicos, el que medita puede sentirse a sí mismo como figura ajena que casi le sofoca (como se refiere acerca del cabalista Hai ben Scherira, hacia 1000 d. C.); asimismo es posible concebir la leyenda como una paráfrasis judía de leyendas cristianas, por ejemplo, la de San Alberto Magno, de quien se dice que construyó un sirviente artificial, a quien más tarde su discípulo Santo Tomás de Aquino destruyó.

Gershom Scholem considera que el Golem aparece como una imagen simbólica del camino a la redención, el alma colectiva materializada de la judería, con todos los aspectos sombríos de lo fantasmagórico: Es en parte una sosia del héroe, un artista que combate por su redención y para sí mismo, y que purifica mesiánicamente a la otra parte, el Golem, su propio yo no redimido.

Otra interpretación indica que el Golem simboliza la creación de un ser sin libertad, inclinado al mal, esclavo de sus pasiones; si la verdadera vida humana no procede más que de Dios, entonces el Golem, en un sentido más interno, no es sino la imagen de su creador, la imagen de una de sus pasiones que crece y amenaza con aplastarlo, significa por fin que una creación puede exceder a su autor.

 

 

LA NOVELA DE GUSTAV MEYRINK:

 

 

“A menudo he reflexionado largamente acerca de esas cosas, y me parece que me acerco al máximo a la verdad diciendo lo siguiente: en el curso de una vida hay siempre un momento en que una epidemia espiritual recorre el barrio judío con la rapidez del rayo, ataca las almas de aquellos que viven con un designio que permanece para nosotros oculto, y hace aparecer a la manera de un espejismo la silueta de un ser característico que hace siglos vive aquí, y quizá desea ávidamente reencontrar forma y sustancia.

»Puede que esté constantemente entre nosotros, sin que nos percatemos. Del mismo modo que escuchamos la nota del diapasón antes de que éste golpee la madera y la haga vibrar al unísono.

»Quizá haya en ello una suerte de obra de arte espiritual, sin conciencia de sí misma: una obra de arte que nace de lo informe, como un cristal, según leyes inmutables.

»¿Quién sabe?”

Gustav Meyrink. El Golem.

El Golem de Gustav Meyrink (1915) ha sido considerada una novela oscura, gótica, y hasta cierto punto abstrusa. Francisco Marzioni, en su artículo Cuando la ficción es un sueño. Cuadros dentro de cuadros , la describe de la siguiente manera:

“[Es] Una historia construida como un sueño, una novela onírica, corre el peligro de convertirse en un texto ilegible. En sus Textos Cautivos, Borges comenta que "El Golem —increíblemente— es onírico y es lo contrario de ilegible. Es la vertiginosa historia de un sueño". Este sueño es el de un hombre que, por error, recoge el sombrero de un tal Athanasius Pernath y esa noche sueña toda la vida del dueño del sombrero. Luego, acabará descubriendo que es, al mismo tiempo, él mismo. En su sueño aparece también El Golem, que se convierte en el doble transitorio de Athanasius Pernath. El hombre que sueña a un hombre que sueña”.

[Descargar la novela en PDF]

 

 

EL ESTUDIO DE GERSHOM SCHOLEM

[La idea del Golem en sus relaciones telúricas y mágicas]

 

 

Gershom Scholem, en su libro La Cábala y sus símbolos, realizó el estudio más minucioso conocido sobre el Golem. Para él, la novela de Meyrink intentó diseñar “una especie de imagen simbólica del camino de la salvación”, usando extrañamente la figura de la leyenda popular judeocabalística, que retomó y transformó fantásticamente, concibiendo al ghetto de Praga de forma sumamente exótica y futurista y una cabalística hipotética, en la que se presentan más ideas de la salvación de tipo hindú que judaico; la atmósfera posee una profundidad incontrolable que es fácilmente confundible para la charlatanería mística, y para el épater le bourgeois. Dice que el Golem de Meyrink es, en parte, un alma colectiva materializada del ghetto, con todos los turbios residuos de lo fantasmal y, en parte, un doble del héroe, un artista que lucha por su liberación y que purifica mesiánicamente en ella al Golem, su propio yo esclavizado. Scholem considera que en la novela (a pesar de su fama) hay poco de la tradición judía, incluso en las formas decaídas y transformadas de la leyenda, y para demostrarlo describe las genuinas tradiciones judías sobre el Golem, de las que cito algunas a continuación:

1. La estructura judía tardía de la leyenda, en la descripción de Jakob Grimm en el “Periódico para eremitas” en 1808, es la siguiente: Lo judíos polacos modelan, después de recitar ciertas oraciones y de guardar unos días de ayuno, la figura de un hombre de arcilla y cola, y una vez pronunciado el šem hameforáš [el nombre divino] maravilloso sobre él, éste ha de cobrar vida. No puede hablar, aunque entiende bien lo que se habla o se le ordena. Le dan el nombre de Golem, y lo emplean como una especie de doméstico para ejecutar toda clase de trabajos caseros. Pero no debe salir nunca de casa. En su frente se encuentra escrito emet [verdad], va engordando cada día, y rápidamente crece y se hace fuerte que todos los demás de la casa, a pesar de que antes era tan pequeño, causando temor de él, y provocando que le borraron la primera letra, de modo que sólo queda met [está muerto], y entonces el muñeco se deshace y se convierte en arcilla. Pero hubo una vez uno que se descuidó y dejó crecer tanto a su Golem, que ya no podía llegarle a la frente, y entonces ordenó a su criado, con temor, que le quitase las botas, para al doblarse poder alcanzar su frente. Ocurrió como esperaba, y pudo borrarle la primera letra, pero toda la carga de arcilla cayó sobre el judío lo aplastó.

Investigar la idea del Golem como hombre creado por artes mágicas, obliga a recurrir a las concepciones de Adán, el primer hombre puesto que la creación del Golem entra en competencia en algún punto con la creación de Adán y que el poder creador del hombre se perfila aquí sobre el horizonte del poder creador de Dios, sea con ánimo imitador o bien con espíritu de oposición. Adán es el ser extraído de la tierra, y destinado de nuevo a ella, a quien el soplo divino otorgó el habla y la vida. Estaba constituido de materia de la Tierra, de barro auténtico, de partes finísimas de barro, como señaló Filón, en De opificio mundi: “Hay que pensar que Dios quería crear esta figura semejante al hombre con el máximo cuidado, y que por ello no tomó polvo del primer trozo de tierra que se le presentó, sino aportó lo mejor de toda la Tierra, lo más puro y fino del puro material primigenio, lo que se adecuaba mejor a su creación”. Esto corresponde a la Aggadá judía, con múltiples variantes. En las normas de la Torá se apartaba de la masa una ofrenda como lo más selecto para uso sagrado, de la misma manera constituye Adán la ofrenda que se tomaba como la mejor parte de la Tierra, del centro del mundo sobre el monte Sión, está tomado del centro y en su creación se unificaron todos los elementos, como su etimología lo indica. En determinado momento de su creación, Adán es un Golem, una materia amorfa, hasta el momento de ser afectado por el soplo divino, como en un famoso pasaje del Talmud que describe las primeras doce horas del primer día de Adán, que van desde la aglutinación de la tierra, hasta la expulsión del Paraíso.

2. En un Midráš de los siglos II y III, se describe a Adán no sólo como Golem, sino incluso como un Golem de tamaño y fortaleza cósmicos, al que Dios ha mostrado en este estado de inanición e incapacidad locutiva todas las generaciones futuras hasta el fin de los siglos. Antes de que Adán posea conocimiento y razón, se le otorga una visión de la historia de la creación, que discurre ante él en imágenes. En el momento en que Dios creó al primer Adán, lo creó como Golem, estaba extendido desde un extremo de la tierra hasta el otro: “Tus ojos vieron a mi Golem”. Rabí Yehudá bar Sim’ón decía: Mientras Adán yacía todavía como Golem ante aquél que habló e hizo surgir el mundo, éste le mostró todas sus generaciones y sus sabios, todas las generaciones y sus jueces, todas las generaciones y sus caudillos. Es posible que en dicho estado primitivo a Adán se le haya incorporado alguna capacidad telúrica derivada de la tierra de la que él había sido extraído, la cual le permitió asimilarse a la visión descrita. La enorme grandeza de Adán, que llenaba todo el universo, fue reducida según la Aggadá a dimensiones humanas —si bien aún gigantescas— después de la primera caída. En la figura de las primitivas dimensiones cósmicas de este ser terrestre se pueden contemplar dos concepciones: Una considera a Adán como un enorme prototipo de mitos cosmogónicos; la otra considera dichas dimensiones más bien como una representación extensiva de la fuerza de todo el universo resumida en él.

3. Otra concepción se encuentra en un fragmento de una obra midrášica perdida en cuanto al conjunto, el Midráš Abkir, en el que se han conservado ideas arcaicas y tendencia mítica: «Rabí Berajica decía: Cuando Dios quiso crear el mundo, comenzó su creación precisamente con el hombre, y le dio, pues, forma de Golem. Cuando después se dispuso a inspirarle un alma, dijo: Si le hago levantarse ahora, se dirá que fue mi compañero durante la empresa de la creación, de modo que quiero dejarlo como Golem [en estado inacabado, bruto] hasta que haya creado todo. Cuando hubo creado todo, le dijeron los ángeles: ¿No vas a hacer al hombre del que has hablado? Y respondió: Lo tengo hecho desde hace tiempo, y sólo queda la inspiración del alma. Entonces le inspiró un alma, le hizo levantarse y resumió toda la naturaleza en él. Con él comenzó y con él concluyó, como está escrito: “De arriba a abajo me has formado tú”. Es verdaderamente asombrosa la despreocupación con la que la exégesis aggádica abandona aquí el terreno de la narración bíblica, con la que coloca la creación real del hombre como Golem —en el que se halla contenida la fuerza de todo el universo— al principio de toda la creación y su animización solamente final. No son la segunda y la cuarta hora de la vida de Adán las que se interponen entre su estado informe y su animización, sino que es el conjunto de la obra de la creación el que se encuentra entre ambos. Y del mismo modo que antes se reunió tierra de todo el mundo destinada a él, ahora es todo el mundo el que se encuentra resumido en él.

Esta atrevida desviación mítica de la narración bíblica se repite en otro punto importante: mientras el Génesis sólo conoce la inspiración del hálito de la vida por Dios, con lo que Adán deviene en un “alma viviente”, en la tradición judía no faltan afirmaciones sobre un espíritu telúrico que era inherente a Adán, contradiciendo totalmente a la narración bíblica.

4. La repetición del acto creador de un hombre, sirviéndose de medios mágicos o de cualquier otro tipo no claramente definido, apunta hacia otras direcciones, como en ciertas narraciones legendarias del Talmud, sobre algunos famosos rabinos de los siglos II y IV. «Raba decía: Si los justos quisieran, serían capaces de crear un mundo, pues está escrito (Isaías, 59:2): Porque vuestros pecados son causa de separación entre vosotros y vuestro Dios» De modo tal que, si no existieran los pecados, como es el caso de los justos perfectos, no habría separación entre la capacidad creadora de Dios y del justo libre de falta, como sucedió con Raba quien creó un ser humano y lo envió a Rabí Zera. Éste habló con él pero no obtuvo respuesta, entonces le dijo: Tú procedes, sin duda, de los compañeros [los miembros de la alta escuela talmúdica]; retorna de nuevo a tu polvo. Según algunos sabios, la frase debió ser interpretada de manera distinta: Tú procedes sin duda de los magos. El poder creador del creyente es limitado, pues Raba consiguió crear un hombre capaz de ir andando hasta Rabí Zera, pero no pudo proporcionarle el habla, y es por esta incapacidad locutoria que reconoce la naturaleza mágica y artificial del Golem.

5. El Libro de la Creación juega un papel importante en la idea del Golem. Refiere que para la creación de un Golem tienen importancia crucial los nombres de Dios y las letras, que constituyen las signaturas de todo lo creado: Estas letras son propiamente los elementos de construcción, las piedras con las que se ha levantado la obra de la creación. Es decir que la clave para la creación de un hombre, se encuentra en las letras de la cosmogonía, en una compleja combinación de elementos astronómicos-astrológicos y anatómicos-fisiológicos, y la forma en que tiene lugar la construcción del cosmos a partid de las letras, de modo que el hombre y el mundo se encuentran en mutua sincronización microcósmica: cada letra domina sobre un miembro del hombre o un sector del mundo externo.

El ritual de la creación golémica del Libro de la Creación citado por Scholem, no parece tener otro objeto que poner de manifiesto el poder de los nombres sagrados. La creación de un Golem encierra peligros, incluso la muerte como toda creación magna; pero dichos riesgos no proceden del Golem, de las fuerzas que de él derivan, sino del hombre mismo: el producto de tal creación no es el que origina por medio de cualquier forma de independización poderes peligrosos, sino que lo que ha de tacharse peligroso es la tensión suscitada por el proceso en el propio creador. Los fallos en la ejecución del proceso no conducen a una degeneración del Golem, antes bien a la destrucción directa de su constructor. Por otra parte, la incapacidad locutoria del Golem no constituye un factor esencial como se ha supuesto con frecuencia, ya que cuando se le otorga el alma y la vitalidad, obviamente estaría capacitado para el habla: el Golem no es un ser carente de habla por naturaleza, pero los cabalistas se han empeñado en describirlo como una forma animada, al que su creador es incapaz de dotarle el conocimiento divino y del habla, como al hombre verdadero a quien Dios ha marcado con el sello emet, propiedad del anima rationalis, ya que un alma en movimiento no necesariamente es un alma racional que es la que tiene capacidad locutiva. Esta afirmación corresponde a la idea dominante entre los cabalistas de que el habla es el don sumo: la madre de la razón y de la revelación.

6. Las formas tardías de la leyenda golémica, registradas en Polonia a partir del siglo XVII, apuntan hacia otra dirección diferente: el Golem se une al concepto de la servidumbre, y se le adjudica el carácter de peligrosidad para el entorno. Johann Wülfer escribió en 1675, que en Polonia existían unos extraordinarios constructores que eran capaces de fabricar con el nombre divino, sirviéndose del barro, unos famuli mudos. Después de recitar determinadas oraciones y tras algunos días de ayuno, construyen una figura humana de barro, y una vez que han pronunciado sobre ella el šem hameforáš, la imagen se torna viviente. Aunque no habla comprende bien lo que se le dice y ordena, y realiza todo tipo de trabajos caseros, pero no debe salir de casa. Sobre su frente ha sido escrita la palabra emet que significa verdad. Esta criatura crece constantemente hasta ser mayor que los moradores de la casa, que se van sintiendo atemorizados. Entonces borran de su frente la primera letra, de modo que sólo queda met que significa muerto. El Golem se derrumba y queda reducido al barro anterior. En otra versión se cuenta que al borrarle la letra el barro cayó sobre el rabino, quien quedó aplastado. Asimismo se dice que el nombre de Dios estaba escrito en un pergamino sobre su frente, y que al querer arrancárselo, el Golem causó daños al rabino y le arañó el rostro.

 


 

7. La transmisión de la leyenda polaca sobre el rabino de Chelm a Praga, y a una figura mucho más famosa del mundo judío, el Gran Rabí Lew (—Löw— entre 1520 y 1609), no ha de haber sido muy anterior a Grimm, y no parece probable que se hayan desarrollado con independencia. Dentro de la tradición de Praga de principios del siglo XIX, se le asoció a la liturgia del viernes por la tarde. Según la versión, el Rabí Lew construyó un Golem que servía en toda clase de trabajos a lo largo de la semana; pero como todas las criaturas descansan en sábado, el rabino transformaba a Golem en barro antes de la entrada de cada sábado, quitándole el nombre vivificador de Dios. Pero una vez olvidó quitarle el šem. Estaba ya reunida la comunidad en la sinagoga para los oficios divinos, incluso ya habían recitado el salmo sabático número 92, cuando el Golem se enfureció y con enorme energía sacudió las casas y amenazaba destruirlo todo. Entonces llamaron al rabino, cuando todavía no comenzaba el sábado, y éste se abalanzó contra el Golem y le arrancó el šem, derrumbándose el Golem en tierra. El rabino ordenó que se cantase por segunda vez el salmo sabático, lo que quedó desde aquel momento como una institución definitiva de la Escuela antiguo-moderna de Praga. El rabino no volvió a inspirar vida al Golem, e hizo enterrar sus restos en el desván de la antiquísima sinagoga, en donde yacen hasta hoy.

 

 

EL GOLEM EN JORGE LUIS BORGES

 

 

La figura del golem de Meyrink fue para Jorge Luis Borges uno de sus temas predilectos, y se dio a la tarea de investigar la leyenda judía hasta que leyó con fascinación el libro de Scholem. Al menos tres de sus textos dan cuenta de ello: En primer lugar el poema El Golem, del libro El otro, el mismo, donde habla de la creación de este ser por Judá León —el Rabino Jehuda Löw ben Bazalel—, y la aportación de Scholem, además de plantear la visión de Dios ante la obra del mago. En segundo lugar la conferencia de La cábala, en la que diserta sobre la interpretación tradicional que los cabalistas judíos han realizado acerca del Pentateuco, su complejo simbolismo sobre el lenguaje que lo constituye. Por último y a manera de motivo, el cuento Las ruinas circulares, del libro Ficciones, en el que un mago se da a la tarea de crear a un ser de sueño con la finalidad de extrapolarlo a la realidad, relato que merece una indagación minuciosa acerca de la leyenda.

Transcribo el poema, el fragmento de La cábala y el cuento, donde Borges mantiene viva la leyenda y cumple en su lenguaje la afirmación de que la cábala es una suerte de metáfora del pensamiento, además de plantear extraordinariamente su idea de que en cada uno de nosotros hay una partícula de divinidad.

 

 

La Cábala (Fragmento)

Querría hablar ahora de uno de los mitos, de una de las leyendas más curiosas de la cábala. La del golem, que inspiró la famosa novela de Meyrink que me inspiró un poema. Dios toma un terrón de tierra (Adán quiere decir tierra roja), le insufla la vida y crea a Adán, que para los cabalistas sería el primer golem. Ha sido creado por la palabra divina; y como en la cábala se dice que el nombre de Dios es todo el Pentateuco, salvo que están barajadas las letras, así, si alguien poseyere el nombre de Dios o si alguien llegara al Tetragrámaton —el nombre de cuatro letras de Dios— y supiera pronunciarlo correctamente, podría crear un mundo y podría crear un golem también, un hombre.

Las leyendas del golem han sido hermosamente aprovechadas por Gershom Scholem en su libro El simbolismo de la cábala, que acabo de leer. Creo que es el libro más claro sobre el tema, porque he comprobado que es casi inútil buscar fuentes originales. He leído la hermosa y creo que justa traducción (yo no sé hebreo, desde luego) del Sefer Ietzira o Libro de la Creación, que ha hecho León Dujovne. He leído una versión del Zohar o Libro del esplendor. Pero esos libros no fueron escritos para enseñar la cábala, sino para insinuarla; para que un estudiante de la cábala pueda leerlos y sentirse fortalecido por ellos. No dicen toda la verdad: como los tratados publicados y no publicados de Aristóteles.

Volvamos al golem. Se supone que si un rabino aprende o llega a descubrir el secreto nombre de Dios y lo pronuncia sobre una figura humana hecha de arcilla, ésta se anima y se llama golem. En una de las versiones de la leyenda, se inscribe en la frente del golem la palabra EMET, que significa verdad. El golem crece. Hay un momento en que es tan alto que su dueño no puede alcanzarlo. Le pide que le ate los zapatos. El golem se inclina y el rabino sopla y logra borrarle el aleph o primera letra de EMET. Queda MET, muerte. El golem se transforma en polvo.

En otra leyenda un rabino o unos rabinos, unos magos, crean un golem y se lo mandan a otro maestro, que es capaz de hacerlo pero que está más allá de sus vanidades. El rabino le habla y el golem no le contesta porque le están negadas las facultades de hablar y concebir. El rabino sentencia: “Eres un artificio de los magos; vuelve a tu polvo.” El golem cae deshecho.

Por último, otra leyenda narrada por Scholem. Muchos discípulos (un solo hombre no puede estudiar y comprender el Libro de la Creación) logran crear un golem. Nace con un puñal en las manos y les pide a sus creadores que lo maten “porque si yo vivo puedo ser adorado como un ídolo”. Para Israel, como para el protestantismo, la idolatría es uno de los máximos pecados. Matan al golem.

 

 

El Golem

Si (como el griego afirma en el Cratilo)

El nombre es arquetipo de la cosa,

En las letras de rosa está la rosa

Y todo el Nilo en la palabra Nilo.

 

 

Y, hecho de consonantes y vocales,

Habrá un terrible Nombre, que la esencia

Cifre de Dios y que la Omnipotencia

Guarde en letras y sílabas cabales.

 

 

Adán y las estrellas lo supieron

En el Jardín. La herrumbre del pecado

(Dicen los cabalistas) lo ha borrado

Y las generaciones lo perdieron.

 

 

Los artificios y el candor del hombre

No tienen fin. Sabemos que hubo un día

En que el pueblo de Dios buscaba el Nombre

En las vigilias de la judería.

 

 

No a la manera de otras que una vaga

Sombra insinúan en la vaga historia,

Aún está verde y viva la memoria

De Judá León, que era rabino en Praga.

 

 

Sediento de saber lo que Dios sabe,

Judá León se dio a permutaciones

de letras y a complejas variaciones

Y al fin pronunció el Nombre que es la Clave.

 

 

La Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio,

Sobre un muñeco que con torpes manos

labró, para enseñarle los arcanos

De las Letras, del Tiempo y del Espacio.

 

 

El simulacro alzó los soñolientos

Párpados y vio formas y colores

Que no entendió, perdidos en rumores

Y ensayó temerosos movimientos.

 

 

Gradualmente se vio (como nosotros)

Aprisionado en esta red sonora

de Antes, Después, Ayer, Mientras, Ahora,

Derecha, Izquierda, Yo, Tú, Aquellos, Otros.

 

 

(El cabalista que ofició de numen

A la vasta criatura apodó Golem;

Estas verdades las refiere Scholem

En un docto lugar de su volumen.)

 

 

El rabí le explicaba el universo

"Esto es mi pie; esto el tuyo; esto la soga."

Y logró, al cabo de años, que el perverso

Barriera bien o mal la sinagoga.

 

 

Tal vez hubo un error en la grafía

O en la articulación del Sacro Nombre;

A pesar de tan alta hechicería,

No aprendió a hablar el aprendiz de hombre,

 

 

 

Sus ojos, menos de hombre que de perro

Y harto menos de perro que de cosa,

Seguían al rabí por la dudosa

penumbra de las piezas del encierro.

 

 

Algo anormal y tosco hubo en el Golem,

Ya que a su paso el gato del rabino

Se escondía. (Ese gato no está en Scholem

Pero, a través del tiempo, lo adivino.)

 

 

Elevando a su Dios manos filiales,

Las devociones de su Dios copiaba

O, estúpido y sonriente, se ahuecaba

En cóncavas zalemas orientales.

 

 

El rabí lo miraba con ternura

Y con algún horror. ¿Cómo (se dijo)

Pude engendrar este penoso hijo

Y la inacción dejé, que es la cordura?

 

 

¿Por qué di en agregar a la infinita

Serie un símbolo más? ¿Por qué a la vana

Madeja que en lo eterno se devana,

Di otra causa, otro efecto y otra cuita?

 

 

En la hora de angustia y de luz vaga,

En su Golem los ojos detenía.

¿Quién nos dirá las cosas que sentía

Dios, al mirar a su rabino en Praga?

 

 

Incorporo al poema un video con la voz de Borges y algunas imágenes de la película Der Golem (1920) del director Paul Wegener:

 

 

El cuento Las ruinas circulares viene seguido de una animación muy interesante de eilujion:

 

 

Las Ruinas Circulares

And if he left off dreaming about you…

Through the Looking-Glass, VI

Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas. El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar. Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el universo. A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y si de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día, emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos. Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía. Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido. En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviaría al otro templo despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó. El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había acontecido. . . En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré con mi hijo. O, más raramente: El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy. Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer—y tal vez impaciente. Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje. Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, aguas abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo, en mil y una noches secretas. El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches, después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.

 

FUENTES CONSULTADAS:

Biedermann, Hans. Diccionario de símbolos. Ed. Paidós, 1993, Barcelona.

Borges, Jorge Luis. “La cábala” en Siete Noches. Fondo de Cultura Económica, 1992, México. (Tierra Adentro).

Borges, Jorge Luis. Ficcionario. F.C.E., 1992, México. (Tierra Firme).

Chevalier, Jean y Alain Gheerbrant. Diccionario de los símbolos. Ed. Herder, 6ª ed., 1999, Barcelona.

Eilujion. The circular ruins [en línea]. YouTube, 03-06-2006 [fecha de consulta: 15 de diciembre de 2007].

Fromm, Erich. Y seréis como dioses. Ed. Paidós, 1994, México. (Paidós Studio, 16).

Manethová, Eva. Leyendas del Rabino Löw y su Golem [en línea]. Radio Praha, Český rozhlas, 28-08-2004 [fecha de consulta: 14 de diciembre de 2007].

Meyrink, Gustav. El Golem. Ed. Edicomunicación, Tr. y notas de Alberto Laurent, 1999, Barcelona. (Colección Cultura).

Poupard, Paul. Diccionario de las religiones. Ed. Herder, 1997, Barcelona.

Scholem, Gershom. La Cábala y sus símbolos. Ed. Siglo XXI, 1995, México.

Yoleandrogonzalez. Jorge Luis Borges, El Golem [en línea]. YouTube, 04-07-2007 [fecha de consulta: 15 de diciembre de 2007].

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16 comentarios

Luz Angélica -

Hola Timur! No había tenido el gusto de encontrar un blog que me inspirará a seguir leyendo hasta el final...muchas gracias!

adela -

Me gusta mucho este blog que acabo de descubrir .
El post muy bueno . Muy documentado en sus distintas versiones .
Muy buen trabajo de investigacion .

Harold -

Que interesante esta blog, lo lei y me parecio una facinante historia de este golem muy famoso, bueno adios!!!!!

Pablo -

VISITEN http://vivamoslapalabra.blogspot.com/2011/09/el-hombre-golem.html

Air Jordans -

hello, i like this blog.

Air jordan shoes -

For evil news rides fast, while good news baits later.

ANGELICA -

QUE BUEN ARTICULO........GRACIAS

Conde de Cheste -

AH! Yo llevo mucho tiempo aprendiendo a interpretar los signos, para crear un golem que viva, igual que yo, que muera por mi, en mi lugar, mientras yo escapo, infinito, de la muerte...

y claro... no estoy ni cerca, ni lejos. Un saludo.

pneo -

He buscado bastante información sobre el golem, pero ésta es la más completa que he encontrado. Excelente aportación, muchas gracias!

Noemágico -

Francisco Marzioni: Muchas gracias por tu amable comentario, y yo te agradezco a ti por tu valioso texto.

Felipe: Qué bueno que te parece completo el artículo, así era la idea.

¡Bienvenidos a Noemágico!

Francisco Marzioni -

Un honor que hayan citado un texto mío en este artículo de tan cuidada factura. Me quedo con el de ustedes! Muchos saludos.

felipechoque -

Que completo el artículo, es e mejor que he encontrado respecto al tema, muchas gracias!! :D

huenchumilla fritz -

Si alguien me puede indicar donde encontrar literatura de ABRAHAM ABUFALIA en español lo agradecería muchísimo.

Noemágico -

Y por supuesto que la ciencia y la tecnología actualizan la idea del Golem, es genial.

Noemágico -

Gracias Timur, a mí me fascinó el tema de la creación del Golem sobre todo en la relación de las palabras para dotar al hombre de vida. El lenguaje es el elemento principal para la creación del Universo todo. Es ahí donde encuentro la belleza del Golem, en su simplicidad, pendiendo de una palabra.
Saludos Timur, bienvenido!!

Timur -

Que buen post, me ha encantado sin duda alguna el mito del golem perdurara en diversas formas, y de hehco con los avances de la ciencia (robotica, genetica) la figura del golem parece más actual que nunca
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